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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Reflexión. Sobre la función de las palabras y la propiedad intelectual«Pero esta obra es fecha so emienda de aquellos que la quesieren emendar. E çertas deuenlo fazer los que quisieren e la sopieren emendar sy quier; porque dize la escriptura: "Qui sotilmente la cosa fecha emienda, mas de loar es que el que primeramente la fallo." E otrosy mucho deue plazer a quien la cosa comiença a fazer que la emienden todos cuantos la quesieren emendar e sopieren; ca quanto mas es la cosa emendada, tanto mas es loada. E non se deue ninguno esforçar en su solo entendimiento nin creer que todo se puede acordar; ca auer todas las cosas en memoria e non pecar nin errar en ninguna cosa, mas es esto de Dios que non de ome. E porende deuemos creer que todo ome a complido saber de Dios solo e non de otro ninguno. Ca por razon de la mengua de la memoria del ome fueron puestas estas cosas a esta obra, en la qual ay muy buenos enxiemplos para se saber guardar ome de yerro, sy bien quisiere beuir e vsar dellas; e ay otras razones muchas de solas en que puede ome tomar plazer.» Del Libro del Caballero Zifar, ed. de Cristina González en Cátedra, Madrid, 2001, p. 71. Este pasaje del prólogo del Zifar es un ejemplo perfecto de la actitud medieval ante la autoría y la transmisión de las obras literarias. Dice el autor que esta obra (no su obra) puede ser cambiada y retocada por aquellos que quieran y sepan. No sólo pueden sino que deben hacerlo, precisa, y se apoya en la autoridad de las escrituras sagradas, que son aquellas que han surgido de la inspiración del Espíritu, es decir no de un yo particular sino desde una instancia más profunda y universal. Quien está escribiendo el prólogo es consciente de que las palabras no son suyas; las palabras, esos dedos que apuntan a la luna, le han sido dadas y él las transmite a otros con desapego, pues no puede ser acaparado como una propiedad lo que a uno se le ha dado. Continúa diciendo que a quien comienza una obra, mucho le debe placer que otros la mejoren. ¡Qué lejos está esa actitud del concepto moderno de propiedad intelectual! Nosotros los modernos, que miramos con desdén a los hombres que nos precedieron, ponemos copyright a las palabras y decimos: "lo que yo hago, mío es, y cuídese nadie de tocarlo o citarlo sin mi permiso, y mi derecho es que se me pague por el uso de lo mío". Nos hemos apropiado de las palabras como si fueran creación nuestra, como si nuestra capacidad de combinarlas para dar lugar a obras de arte no nos hubiera sido dada misteriosa y gratuitamente. "Lo que se os ha dado gratis, dadlo gratis", dice el Evangelio, y lo dice en consonancia con la naturaleza real de las cosas: ¿acaso algún ser que viva armónicamente en el mundo acapara cosas para sí? Y es que las palabras, como continúa en el texto del Zifar el autor del prólogo, sirven para ayudar a los hombres, para que, en la oscuridad de su memoria perdida (la memoria de quién es el ser humano en realidad), cuenten con pistas que les indiquen: en qué dirección ir para vivir bien, para liberarse de la esclavitud del ego y para despertar a su realidad más profunda. Y no sólo por eso, vaya, sino para tomar placer, porque el arte es placentero y está bien que así sea. La actitud del autor del Zifar es la de alguien que tiene en cuenta la función verdadera del arte y de la palabra. La de los modernos, en cambio, es la actitud del mercader, o la de alguien cuyo entendimiento está velado por valores contrarios a la naturaleza real: los valores del capital y del egoísmo. En la Edad Media, la actitud adecuada venía dada por la tradición; a nosotros, en cambio, nos toca hacernos conscientes. ![]() Servicio y humildad«E el rey resçebiolos por sus vasallos e fizolos caualleros con muy grandes alegrias, segunt el vso de aquella tierra. E desque el rey ouo fechos caualleros aquellos donzeles, e les puso sus tierras grandes e en çiertos logares, estos, commo aquellos que fueron bien criados, trabajauanse del seruir bien e verdaderamente e syn regateria ninguna; ca quando veyan ellos que era mester fecho de armas, luego ante que fuesen llamados caualgaban con toda su gente e yuanse para aquel lugar do ellos entendian que mas conplia el su seruiçio al rey, e ally fazian muchas buenas cauallerias e tan señalados golpes, que todos se marauillauan e judgauanlos por muy buenos caualleros, deziendo que nunca dos caualleros tan mançebos oviera que tantas buenas cauallerias feziesen nin tan esforçadamente nin tan syn miedo se parasen a los fechos muy grandes. E quando todos venian de la hueste, algunos auian sabor de contar al rey las buenas cauallerias destos dos caualleros mançebos, e plazia al rey muy de coraçon de lo oyr, e sonrriose e dezia: "Çertas creo que estos dos caualleros mançebos querran ser omes buenos, ca buen comienço han." E por los bienes que la reyna oyo dezir dellos e por las grandes aposturas e enseñamientos que en ellos auia, querialos muy grant bien e faziales todas onrras e las ayudas que ella podia. E ellos quanto mas los onrrauan e los loauan por las sus buenas costumbres, atanto punaban de fazerlo sienpre mejor; ca los omes de buena sangre e de buen entendimiento, quanto mas dizen dellos loando las sus buenas costunmbres e los sus buenos fechos, tanto mas se esfuerçan a fazer lo mejor con vmildat; e los de vil logar e mal acostunbrados, quanto mas los loan sy algunt bien por auentura fazen, tanto mas orgullesçen con soberuia, non queriendo nin gradesçiendo a Dios la uirtud que les faze.» Del Libro del Caballero Zifar, según la edición de Cristina González en Cátedra, Madrid, 2001. En este pasaje, se podría decir que se ejemplifican básicamente dos conductas: el servicio y la humildad. No parece arriesgado suponer que, en una época de caballería y guerra, se tomen imágenes de ese campo de la actividad humana con una intención didáctica. En todo caso, en virtud de la riqueza de lecturas que presenta la literatura medieval, no sólo un caballero de aquella época podría aplicarse el cuento, sino también cualquier persona, y en este último caso también valdría, creo, para nosotros. Dejando de lado, pues, los detalles del contexto guerrero y de la "buena sangre" y los "buenos fechos de armas", uno puede ver aquí, por un lado, un ejemplo de entrega total para la vida cotidiana: aquello que toca hacer me pide una entrega que no escatima nada; se trata de servir diligentemente y aun más allá de la diligencia, como dice el texto, allí donde se necesita. El rey se alegra enormemente por ello. Por lo demás, creo que no se trata tanto de esfuerzo como de apertura. Pero la otra conducta ejemplificada no es menos importante: ser indiferente a las loas, pues la soberbia siempre supone ahí un peligro; buscar méritos no lleva por buen camino. Como concluye el pasaje, la actitud más adecuada que corresponde es la de agradecimiento, pues todo se nos da; si esto se olvida, el ego se ensoberbece. ![]() UnanimidadDecía San Pablo en la misa del domingo (Rm 15, 4-9): «Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.» Me llamó la atención ese estar de acuerdo entre todos, esa unanimidad que se pide. Alguien –sobre todo hoy, pues esto es algo que choca al individualismo– podría objetar algo así como: ¿acaso los cristianos deberían opinar todos igual, rendir sus opiniones particulares en pro de la unanimidad? Pues creo que no se trata exactamente de eso. Es decir, me parece que no se pide que los cristianos piensen igual o tengan las mismas ideas ni que se subordinen a la autoridad de una opinión particular, sino que piensen cada vez más en el otro; esto implica a veces renunciar a la defensa de lo que yo pienso que está bien y se tiene que hacer, para escuchar lo que otros, también legítimamente, tienen que decir. Así, se pide colaboración, coinspiración, dialogar para llegar a un acuerdo. Es un acuerdo, una armonía que Dios concede, una unanimidad que es para dar gloria a Dios al unísono, esto es, siendo todos uno en Cristo, siendo nosotros no desde el pequeño yo que se opone a los otros, sino desde esa apertura a un nivel profundo donde hay unidad y acuerdo, más allá de las diferencias superficiales.
Ya no parece que se hable tanto de "estar de acuerdo" en el sentido que se le da a la expresión por lo común como de sentimientos, actitud, inclinación, disposición. Aquí está más claro que se pide esa apertura al otro desde el corazón. Pablo insiste en esto mismo a continuación:
Amarse los unos a los otros como Cristo nos amó: esto es lo propio de los cristianos, y también de cualquier ser humano que se abre a su realidad más profunda. ![]() Alejandro bajo el mar (II)![]() Tras relatar la aventura submarina de Alejandro, el autor de nuestro Libro de Alexandre pasa a dar cuenta de las reflexiones que la inmersión suscitó en el rey:
Son las estrofas 2316 a 2323, siguiendo la edición de Jesús Cañas en Cátedra. Alejandro se percata, al observar la vida de los seres del mar, de que la ley del más fuerte funciona también entre los animales. En la imagen de la cabecera (originaria de un libro copiado en Flandes hacia 1340), podemos ver, en efecto, cómo los peces grandes se están dando un festín con los pequeños; por cierto que parecen disfrutar con ello. Los mayores se comen a los menores; los chicos a los grandes los tienen por señores; los fuertes, ay, maltraen a los débiles. En un principio, extraña que el rey identifique esa conducta que observa en los animales con la soberbia, un vicio que se suele aplicar con exclusividad a los seres humanos. Soberbia es, según el DRAE, "altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros". Esta definición recuerda el origen del fenómeno según el relato religioso: aquello que trajo la ruina a los ángeles caídos. Es precisamente esta historia la que recuerda el rey en su reflexión, oponiendo la soberbia a la mesura. Creo que, aquí, el autor señala que ese vicio que afecta a los hombres tiene su base o su origen en una tendencia natural propia de las condiciones de la vida o la existencia en este mundo. En este sentido, la soberbia afecta a todas las criaturas. Pero existe aquí, me parece, una diferencia radical: mientras que los animales no tienen alternativa, el ser humano sí la tiene. El animal mata para alimentarse, es matado para alimentar; en él esta ley es, no sólo lo natural, sino la manifestación del amor universal en el ámbito que le toca; es un proceso armónico que sostiene la vida en el planeta. Pero el rey aborda el asunto desde su punto de vista, humano, y es lógico que se duela al comprobar que el amor, tal como fue anunciado por el Redentor, está lejos de ser practicado en todas partes. En los hombres, seres autoconscientes, la soberbia se revela como ese vicio que nos aleja de nuestra verdadera naturaleza y nos impide establecer, cuando se manifiesta, una convivencia armónica basada en el respeto al otro. Así dice Alejandro: quien más puede, más hace, no para bien sino para mal; quien más tiene, más quiere y muere por conseguir más cosas. El conquistador todavía es lo suficientemente fiel a su sabiduría para percatarse de que el deseo de poseer y dominar es un vicio que aleja de Dios y lleva a la insatisfacción permanente y la ruina. Pero, como oportunamente recuerda después el autor, bien haría el rey en atender a lo que dice y aplicarse el cuento. En efecto, la sed de Alejandro no tiene límites. Una vez conquistada la tierra y el agua, ¿qué le impedirá completar el dominio del cosmos entero? Ascenderá a las alturas (elemento aire) con la ayuda de su ingenio y unos grifos, pero Natura, persuadida de su próximo descenso a los infiernos (elemento fuego), pondrá los medios necesarios para frustrar la desmedida sed de conocer (y poder) que caracteriza al rey. Su muerte está cercana, una muerte que, parece, podemos considerar efecto de la hybris, desmesura que, como en los modelos clásicos, le conducirá inexorablemente a un merecido castigo.
Estas palabras, que el autor pone en boca del Creador, confirman el destino de Alejandro: si conocer conlleva el deseo de poseer, dominar, anular el objeto del conocimiento, entonces el resultado es que uno mismo queda anulado en esa relación mal planteada. El rey se ha excedido en su sed de conocimiento y dominio, condenándose a sí mismo por ir contra la ley del amor, que es la ley de la vida. Esto parece claro, pero me da la impresión de que, si nos proponemos comprender lo mejor posible una literatura tan caleidoscópica como la medieval, no podemos concluir con un juicio tan definitivo como éste. Así, es también cierto que muchos pasajes exhalan un aroma a simbolismo que hace pensar que esconden, además del sentido aparentemente moral que da el autor a su final, otros más particulares (aunque quizá más universales en su sentido), escondidos a lo largo de la obra, los cuales se nos escapan en un artículo como este. [La imagen ha sido tomada de Alexander in images.] ![]() Alejandro bajo el mar (I)![]() Sobre las hazañas de Alejandro Magno, corrían diversas leyendas en la época medieval cuyo contenido iba de seguro más allá de lo anecdótico para entrar en lo simbólico. Una vez conquistada toda la tierra, el rey había de pretender sojuzgar el resto del cosmos: agua, aire y fuego, según la concepción tradicional. En este pasaje de nuestro Libro de Alexandre, se relata su aventura submarina con todo lujo de detalles, con varios siglos de adelanto respecto a las modernas visiones de Julio Verne.
Se trata de las estrofas 2305 a 2315, según la edición de Jesús Cañas en Cátedra. Obsérvese, en la imagen de la cabecera (de un manuscrito francés de Ruán, fechado en 1445), con qué encantadora fidelidad se ha representado el "submarino". En efecto, es una especie de cuba de vino transparente. Sin embargo, los criados no aparecen. En otras ilustraciones, el vehículo se representa como una esfera de cristal, como en ésta que sigue (alemana, de entre 1400 y 1410), donde además podemos ver que se ha convertido en algo que recuerda al arca de Noé, con varias especies de animales acompañando al conquistador, quizá representando al elemento terrestre, ya de su posesión; parece que se ha aprovechado también para incluir una curiosa escena de amor sobre el barco:
Como no podía ser de otra manera, los seres marinos se rinden, "cabeztornados" –qué palabra tan bonita– a la autoridad de Alejandro; no le hace falta ni luchar, tal es su poder, su fama (y ¿se podría decir, en algún sentido, que también su función?). El rey observa cómo también en el mar los fuertes dominan a los débiles, lo cual no le impide considerar que ha ganado un imperio bajo las olas. Así se adelanta una reflexión sobre la soberbia y las relaciones entre las criaturas que ocupará las siguientes estrofas (y será tema del próximo post). Estas relecturas medievales de los temas clásicos nos parecen al mismo tiempo encantadoras y ajenas. Hay que reconocer que algo se nos escapa, so pena de no comprender más que la superficie. En este sentido, sería un error considerarlas ingenuas, pues no hemos de olvidar que el pensamiento y la sensibilidad medievales quedan lejos de nuestra forma de entender el mundo; lo que no significa en modo alguno que sean inferiores (ni superiores) a los nuestros, sino que partían de perspectivas diferentes, con un fondo metafísico entretejido en la base de la propia cultura cotidiana con el que hoy no contamos. Para los hombres del medioevo, el simbolismo primaba siempre sobre la verosimilitud o el realismo, esos conceptos tan exclusivamente modernos. El símbolo, tan oscuro con frecuencia al análisis racional, manifiesta realidades (del alma y del mundo) que se nos escapan; entraríamos aquí, me parece, en los terrenos de la cosmología y la metafísica tradicionales. Abordando el asunto desde otro punto de vista, podríamos partir de las estructuras de la conciencia. Siguiendo los estudios sobre la fenomenología de la cultura que llevó a cabo Jean Gebser, hablaríamos de las estructuras arcaica, mágica, mítica, mental e integral. Sin entrar más en este tema, fácil de malinterpretar sin contar con más explicaciones, apuntaré sólo que las leyendas medievales no sólo estaban lejos de ser entendidas como meros cuentos en el sentido moderno (y tantas veces peyorativo), sino que estaban dotadas de pleno sentido para los hombres que las contaban y las escuchaban, precisamente por su estructura de conciencia que, dicho sea de paso, estaba menos limitada que la mental o racional a la hora de aprehender realidades globales. [Las imágenes han sido tomadas de Alexander in images.] ![]() Nicky, la aprendiz de bruja![]() Hayao Miyazaki es uno de los artistas más fascinantes cuya obra estoy teniendo la fortuna de conocer. En sus películas hay algo que no he encontrado en ningún otro autor, algo que no sé si sabría definir; tiene que ver con ello ese amor por el detalle, por los paisajes y por cada uno de los personajes, incluso los "malos" (que no suelen resultar absolutamente tales a la postre), un amor que trasciende la simple excelencia técnica; también ese tono onírico, esas escenas que te dejan con la boca abierta por su extraña y desconcertante belleza; la sabiduría y los valores que transpiran; pero, sobre todo, creo que se trata de esa visión luminosa de la vida, de algún modo siempre llena de esperanza y de una alegría inocente, que lo aleja del tono general del arte posmoderno. Por supuesto, dentro de su filmografía hay variedad de registros. Hernán de Esperando nacer ofrece una excelente presentación de su obra y la de Isao Takahata en la sección de su sitio dedicada al Estudio Ghibli. Hasta ahora había disfrutado de La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, Mi vecino Totoro y El castillo ambulante, cada cual más fascinante. Majo no takkyubin (1989) –trasladado al inglés como Kiki’s Delivery Service y al español como Nicky, la aprendiz de bruja– es otra maravilla. Kiki (o Nicky) es una joven aprendiz de bruja que se independiza y sale al mundo (volando en una escoba) para formarse. Logra establecerse con un negocio de mensajería aérea y entra en relación con personas de distinto carácter lo que, claro, la obligará a buscar su propio lugar. Si bien puede resultar más dulzona que otras, todo aquello que admiro en Miyazaki está presente. Como en todas, se dice mucho más de lo que se ve a primera vista, muchas veces sin palabras. Sólo aparentemente para niños (¿y qué si lo es?), posee algún diálogo de lo más sabroso, como éste:
O éste otro:
¿Por qué pierde Kiki sus poderes? Pierde la capacidad de volar cuando esa actividad se convierte en una rutina, en un medio para conseguir un fin: ganar dinero mediante su servicio de mensajería aérea. ¿Cuándo los recupera? Cuando da el paso de abrirse al otro y hacer lo que sabe hacer no ya para sí misma, sino por los demás; es decir, cuando cambia su disposición interior y, en su hacer, confía en el Espíritu. En definitiva, Kiki está aprendiendo a vivir. Y a aceptar las pérdidas y las limitaciones; en este sentido, hay un detalle curioso al final: el gato sigue sin hablar, lo que significa la pérdida de su comunicación especial (acaso también de la niñez), ante lo cual ella, tras un primer momento de tristeza, sonríe y acaricia. Precioso.
Un amor simple, desnudo de muchos de los velos que en Occidente le hemos ido superponiendo, impregna la obra de Miyazaki. Esto da a sus películas, en mi opinión, un valor inestimable dentro del arte contemporáneo. Pero, dejando de lado las estimaciones, lo que cuenta aquí es sentarse, dejarse querer por su paleta de colores, respirar aire fresco con sus personajes, disfrutar de los silencios y las escenas sin finalidad aparente, saborear. [La imagen de Kiki y el ganso la he tomado prestada de aquí.] ![]() Tres fadas so la marApunto: En las estrofas 100 y 101 del Libro de Alexandre se encuentra la primera aparición en la literatura castellana de la palabra fada con un significado próximo al que hoy atribuimos a la palabra hada.
Voy a arriesgar una libre (y torpe) adaptación. (Se admiten sugerencias.)
Tenemos, pues, que las fadas son seres extraordinarios, femeninos, que viven en el mar. Puesto que la camisa y el brial son objetos mágicos que se le dan a Alejandro en su investidura (o autoinvestidura) caballeresca, es de suponer que su función, sin ser claramente benéfica, es al menos favorable al destino del héroe, con los ecos paganos que ello implica, cualquiera que sea su lugar en el contexto cristiano de la obra. Habría que consultar las fuentes del autor. Esta conexión con el destino parece avalada por el origen latino de la palabra. «El nombre de Fata, tomado por un singular femenino, se halla en el origen del nombre de las hadas en el folklore de los pueblos románicos», dice Pierre Grimal (1). Fata se relaciona con Fatum, dios del Destino cuyo nombre, relacionado con la raíz del verbo fari ("hablar"), designaba en su origen la "palabra" de un dios y, como tal, se aplicaba a una irrevocable decisión divina. En las tradiciones aragonesas, según Chema Gutiérrez Lera (2), la imagen de la fada es la de «una mujer bella, no humana, asociada a indeterminadas épocas muy antiguas, dotada de gran poder mágico, y, sobre todo, relacionada con la naturaleza y en especial, con el agua». Una concepción, pues, equivalente a la del Alexandre. Continúa el autor: «Es posible que el nombre y la creencia en las fadas constituya una reminiscencia de antiquísimas deidades o númenes femeninos». Hay que notar, creo, que si bien las fadas parecen desentonar (al menos aparentemente) con el contexto cristiano de la obra, no así los dones que proporcionan al héroe a través de objetos mágicos: protección frente a la embriaguez, la lujuria y el frío y el calor. En esto hay que ver, seguramente, algo más que peligros físicos; todos ellos parecen indicar perturbaciones de la serenidad del alma. Fiel al espíritu medieval, el pasaje recoge materiales de tradiciones anteriores y les da un sentido cristiano y, quizá, iniciático; no hay que olvidar que estamos en plena iniciación caballeresca de Alejandro, por muy peculiar que sea dado su carácter extraordinario. (1): Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Madrid, 1981. Voz «Fatum». ![]() El sentido según Franco BattiatoAyer se publicó en la edición impresa de La Vanguardia una entrevista al artista italiano Franco Battiato, compositor, cantautor y director de cine, con motivo de la presentación de su nuevo disco, Il vuoto. Sus respuestas son breves pero, en muchos casos –y dejando de lado lo que parece una personal adhesión a la teoría de la reencarnación–, tienen algo de universal, si se puede decir. Transcribo y comento las que más me interesan en este sentido:
Explorarlo, que no explotarlo. (Hay que ver lo que cambian las cosas por una letra.) Si vivir apegado a las apariencias es traicionar la vida, ¿en qué medida se puede decir que vivimos? Para Battiato, encontrar sentido al viaje parece ir ligado, naturalmente, a la creación artística; de ahí, creo, lo del "don". Pero todos, artistas o no, tenemos una obra de arte por sacar a la luz. Como Miguel Ángel con su David. Franz Kafka lo dice así: "Ábrete. El ser humano saldrá al exterior. Respira el aire y el silencio". Para ser fiel a la vida, o a aquello de donde surge la vida, es menester viajar, explorar; para lo cual, un buen comienzo es, por insignificante que parezca, respirar el aire y el silencio.
Me parece muy bella la asimilación que, desde su experiencia, Battiato hace del "sentido de todo esto" al dar, en lo que coincide con las grandes tradiciones de sabiduría de la Humanidad. Esto prueba que, donde hay sensibilidad, la percepción de la realidad es, en el fondo, universal.
Con 62 años, Battiato, como cualquier hombre, sigue haciéndose la misma pregunta que a los 9. ¿Con cuántas ilusiones evadimos esa pregunta a lo largo de la vida? Tal vez, pese a nuestro desconcierto, todo confluya hacia esa pregunta –y hacia su resolución– por caminos que escapan a nuestra comprensión.
Pero tal vez, me digo, la duda no sea en el fondo algo negativo: no hay mal que por bien no venga, y Dios siempre saca de un mal un bien aún mayor. Por otro lado, reconocer que "el pensamiento va siempre en contra del hombre" supone concebir lo humano como algo muy distinto de esa imagen que tenemos de nosotros mismos. ¿Pero quién es, entonces, el hombre verdadero? ¿No le hace eso sentir a uno desorientado? Ahí hace falta fe.
Y acaso no haya encontrar sino en el buscar. ¿Por qué proyectar metas más allá de la realidad presente? Como diría un budista, "la Tierra Pura no está lejos", o "Nirvana está ante nuestros ojos"; como se diría en cristiano, el Reino de Dios está cerca, tanto, que está dentro. Aquí y ahora, ya en el buscar.
Como artista sensible y abierto, Battiato sabe –saborea– que hay más aparte de lo que vemos. Independientemente de las palabras con las que interpreta su percepción, muestra con ellas, me parece, esa posibilidad que el arte ofrece de asomarse al misterio y crear desde esa apertura. A propósito de su aparente adhesión a la teoría de la reencarnación, que mencioné al principio y a la que Battiato aludía en otras respuestas que no he reproducido: Enrique Bustamante de das Mystische comentaba hace poco otra respuesta de Battiato: "Preguntarme si creo en la reencarnación es como preguntarme si creo en la vida. No es algo racional, pero lo comprendes al mirar los ojos de un niño. He visto niños viejos de dos mil años". Quizá, como sugería Enrique, la pregunta estaba mal planteada. En todo caso, y con independencia de las interpretaciones que el artista italiano haga de su percepción, ésta transmite una sensación que muchos podrían también experimentar. ¿Qué hay en esas miradas antiguas como el mundo? ¿"Qué misterio habrá", como cantaba Raphael sobre los secretos aún velados de la noche? Seguramente, para Battiato –y, por qué no, para todos según la palabra elegida–, música. ![]() ¿Cómo no hablar del Ser?César Vallejo escribió, el 5 de noviembre de 1937, el siguiente poema:
Parece que para Vallejo, tras presenciar el sufrimiento humano y sentirlo y asumirlo como propio, las consideraciones de índole filosófica devienen vanas, un ejercicio estéril de especulación sin alcance efectivo alguno para paliar los males del otro. La compasión le mueve, si se puede decir, a descender de la cabeza al corazón, y también de lo abstracto a lo concreto. El arte, el pensamiento, la literatura, la metafísica se tornan actividades imposibles ante la constatación de la miseria acuciante del ser humano, que a uno le interpela como con un grito, acaso el mismo al que el autor apela en el último verso. Son los versos marcados en negrita los que más me interesan aquí, porque creo que aluden más propiamente que los demás a las preocupaciones más radicales (¿espirituales?) del ser humano, que siempre tienen que ver con una pregunta esencial: ¿quién soy yo? Me parece que esta cuestión, fundamental, tiene, contrariamente a lo que podría parecer, una relación muy estrecha con ese lamento de Vallejo ante el sufrimiento humano. A ver si me explico: Vallejo, creo, es muy certero –es simplemente consecuente con aquello que le mueve– al centrarse en lo concreto del dolor del otro, y uno no podría hacer otra cosa ante ello que abandonar el nivel especulativo y dar pan al hambriento y agua al sediento. Pero, al mismo tiempo y sin contradicción alguna, creo que la resolución del sufrimiento y la miseria de este mundo pasa por esa búsqueda profunda del Ser, por esa pregunta esencial de la que, a veces, conviene hablar. Una referencia al budismo que me viene ahora a la mente: la primera Noble Verdad que anunció el Buda es: «el sufrimiento existe». Algo muy concreto, que a él mismo le indujo a andar el camino que le llevó a la resolución del problema del sufrimiento. Y, en el Evangelio de Juan (4, 13-14), dice Jesús a propósito de la sed (identificable, quizá, con el deseo que, para el Buda, constituye la causa del sufrimiento):
Ante la constatación del sufrimiento del prójimo, ¿cómo hablar del Ser? De acuerdo. Pero además: ¿cómo no realizar el Ser? ![]() Acedia![]()
Este demonio fue conocido, en la Edad Media, con el nombre de acedia; se la consideraba uno de los ocho vicios capitales que subyugan al hombre. Chaucer dice de ella que «hace al hombre aletargado, pensaroso y grave»; «retarda y pone inerte», incapacitando para la acción. Así que, puesto que la vida es un fluir, este demonio paraliza aquello que debería fluir libremente, quizá precisamente para evitar la libertad del ser humano, para apartarle de su ser profundo. La acedia lleva a su víctima por el camino de la desesperanza, alejándola de la raíz de la que surge la vida y la verdadera libertad. Genera la ociosidad, la morosidad, la frialdad, la tristitia, de la que San Pablo dice que mata al hombre. Con el correr de los tiempos, la acedia pasó de ser considerada un pecado a ser vista como una enfermedad. Pero, en un determinado momento, algo cambió. Dice Huxley:
Esta emoción tiene una relación muy estrecha con cierto deseo de hallarse en otra situación distinta a aquella en la que de hecho uno se encuentra, de estar «en algún lugar fuera de este mundo». Es, pues, un descontento con la realidad, un negarse a aceptar las cosas tal como son, un rechazo de lo que a uno le acontece. Este fenómeno, que hace infelices a los hombres, es conocido sin duda por las tradiciones de sabiduría de la humanidad con diversos nombres y desde tiempos remotos. Pero ¿cómo este demonio acaba enseñoreándose de toda una cultura? Para Huxley, la causa está en la desilusión. El fracaso de la revolución francesa (y de todas las que le sucedieron, aun después de Huxley), las guerras del siglo XX, la devastación de la naturaleza por la industrialización; en suma, la progresiva deshumanización que aún nosotros, nietos del romanticismo, vivimos; todo ello ha convertido a la acedia en «un estado mental que el destino nos ha impuesto». Esto es especialmente evidente en algunas poses modernas (la tristeza es cool), pero como tal estado mental, resulta, de algún modo, contagioso. O, más bien, sucede quizá que, ya que todos estamos profundamente interconectados, sencillamente compartimos lo que hay. Desde el punto de vista de un hombre medieval, pues, el mundo actual resultaría sobrecogedor. Y, aunque hoy ya no se habla de demonios, la constatación del hecho de que emociones destructivas (que antaño y en todas partes fueron consideradas cadenas para la libertad del ser humano) impregnan hoy el ambiente de una cultura cada vez más global, debería preocuparnos de igual modo desde un punto de vista religioso, científico, filosófico o simplemente humano. Hace algunas semanas, Hernán de Esperando nacer citaba a Chesterton en su anotación "Canto y trabajo". El escritor inglés se preguntaba por qué, si las labores antiguas han estado siempre tan acompañadas de música, no se canta en cambio en los trabajos de la era moderna. «Al parecer, hay algo indefinible en la misma atmósfera de la sociedad en que vivimos que hace muy difícil cantar en un banco». ¿Será la acedia? A Hernán, la causa le parecía «una tristeza general, hija de un inconformismo estéril, una ingratitud y un enfurruñamiento cósmico propio de este tiempo y de estos niños malcriados que somos». Con lo cual, creo, concuerda todo lo dicho hasta aquí. «Estad siempre alegres», recomienda San Pablo. Lo mismo en todas las tradiciones de sabiduría, puesto que la alegría es el estado natural del hombre, que se ve sólo enturbiado por el apego y el rechazo. Pero esta alegría no tiene nada que ver, por cierto, con el hedonismo de hoy, esa falsa alegría que ve en el carpe diem lo contrario de lo que significa. San Pablo, en efecto, continúa: «Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros». Aquello que nos hace ser lo que somos, que el cristianismo llama Espíritu y en otras latitudes es nombrado con otros nombres, es también un espíritu de alegría, que impele a cantar y a hacer música, la cual es la armonía de los diversos componentes del ser humano. («El alma es una sinfonía», decía Santa Hildegarda de Bingen, y esto arroja, quizá, alguna luz sobre el problema de la influencia de la música.) Tal vez por ello los pueblos que aún no llevaban la carga que nosotros llevamos cantaban con naturalidad en toda ocasión. Y no solían ser canciones tristes, por cierto. Uno de los aspectos más llamativos de la obra de Tolkien es que sus personajes suelen cantar en situaciones a veces chocantes. Los elfos, seres más cercanos al origen que los hombres, cantan y sonríen con gran facilidad. La acedia está lejos de ellos, así como de los héroes de los poemas tradicionales; en épocas míticas los demonios asumían por lo general formas horribles, reconocibles, y eran combatidos. Hoy las sonrisas, las canciones, los brincos de gozo, tan naturales en los niños, afloran con dificultad. La acedia ha calado hondo en los adultos posmodernos, y se hace más urgente que nunca tomar conciencia de esa alegría profunda e inocente que mana con naturalidad como de una fuente escondida. [Imagen: "It burns my skin", de Selwyn Storer.] ![]() El cinturón eléctrico![]() Cuando vi este anuncio en un número de la revista Arte Joven, de 1901, me hizo gracia. Por fin lo he encontrado digitalizado [más grande y legible, aquí]. Me acuerdo, al leerlo, de aquello que decía M.ª Victoria Escandell Vidal sobre la evolución de la publicidad. Si bien hoy se utiliza una persuasión emocional, basada en la identificación del consumidor con un estereotipo y con la recompensa psicológica que se deriva, no siempre fue así:
(M.ª Victoria Escandell Vidal, La comunicación, Gredos, Madrid, 2005, p. 102.) Sin duda, el anuncio del Cinturón Eléctrico Galvani se esforzaba por persuadir al lector con palabras. A pesar de ese halo de ingenuidad que hoy percibimos en la publicidad de antaño, ya no sé si hay ahí más respeto que en la actual por el cliente o "potencial consumidor", pero sí me parece un anuncio, en cierto sentido, más simpático, menos sofisticado (¿menos retorcido?), al menos en apariencia, que los de nuestra televisión, los cuales tratan de movernos disimuladamente, aprovechando la tendencia humana inconsciente a la identificación con necesidades ficticias. De todos modos, ¿por qué parece ingenuo? ¿Hay en la actualidad menos inocencia, más desconfianza, más voluntad (y medios) de controlar al otro sin que se note? Por otro lado, aún no he podido averiguar a qué "cataforesis" curativa se refería el anuncio. Según la información que he encontrado, la cataforesis es un proceso de desplazamiento de partículas cargadas dentro de un campo eléctrico hacia el polo de signo opuesto o cátodo. Si alguien está enterado, se agradece cualquier aclaración. ![]() ¿Quién despertó?Cuento breve:
Es breve, pero plantea incógnitas que dan mucho juego. A mí me parece especialmente sugerente el quién. ¿Quién despertó? ¿Y si el sujeto de "despertó" fuera equivalente en algún sentido al "dinosaurio"? [*]: Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas (1969). ![]() ¿Quién es el autor del poema?«La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.» (Jorge Luis Borges, "El Sur"). Hablábamos del dejarse vivir. Acaso se halle en este poema una pista o una respuesta a la duda de qué decían esas palabras en el Borges de "El Sur"; o quizás aumente con su lectura el número de preguntas. (Merece la pena escucharlo en la voz de su autor.)
De: El hacedor (1960). «Todo es del olvido». Quizá resuene aquí el famoso verso de Bécquer (de la rima LXVI):
Ignoro si el dejarse vivir de acá tiene alguna relación con el de allá, pero mereció la pena el viaje; algunas preguntas son un tesoro: ¿quién es el autor del poema "Borges y yo"? Y aunque preferiría acabar con esta pregunta, no me resisto a citar al propio Borges (en la conferencia sobre La poesía y el arrabal, dictada en 1963) para liar aún más las cosas, si cabe:
![]() Los milagros superfluos de Shahrazad y el dejarse vivirCuenta Borges en "El Sur": «Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de las Mil y una noches, de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre.» Unas tres páginas más tarde en la edición de Ficciones en Alianza, tras una dolorosa convalecencia y quién sabe qué artificios y espejismos borgianos, el sujeto viaja al Sur. «A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de las Mil y una noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal. La desdicha del pobre Dahlmann –el accidente– fue efecto de la avidez: el deseo de leer, en concreto las Mil y una noches con sus mil y un artificios (¿de evasión de la realidad?). Identifica el mal con aquella mala pasada que le jugó la sed, pero no odia el libro; lo lleva consigo. En contacto con la mañana, sin embargo, los milagros de Shahrazad no son nada al lado del simple dejarse vivir. Dahlmann desvía la mirada del objeto de su deseo: la lectura, el saber. Saborea en cambio el paisaje, la mañana, el hecho de ser; se abandona. En la felicidad, todo artificio resulta superfluo. Estas ficciones de Shahrazad, que distraen de lo real; esta avidez de leer, que provoca enfermedad como todo dejarse llevar por la sed de cosas exteriores, me recuerdan a un aviso de San Pedro de Alcántara (leído en Esperando nacer) cuya lectura –creo– no ha de ser sólo moral, al menos para ver alguna relación con el texto de Borges. Dice así:
La sabiduría divina y la raíz de ese obrar tienen algo que ver, me parece, con un cierto dejarse vivir, por otro o desde otra instancia. Acaso no muy lejos del abandono puntual de Dahlmann al hecho de ser. ![]() Y en la tristeza...
Un párrafo de ésos que a uno se le presentan como un enigma escondido. Tiene algo, piensa uno, y no sé qué. En medio de la tristeza y la desolación, armonía. Cantan las mujeres en el templo y hay un canto, natural, que no cesa, que estaba ya antes de la tristeza, la desolación y las mujeres en el templo. Hay una música que trasciende lo humano y, sin embargo, toda esa pobreza humana ocupa su lugar en ella. Acaso un lugar especial, se podría pensar, o simplemente el lugar que le corresponde: ahí junto a los pajarillos, las currucas, las ramas secas. Y acaso no un lugar sino la obra toda, y el piar incesante en la pobreza. Y, como dijo la santa, todo está bien. Continúa el canto misterioso, que nunca deja de oírse porque siempre está, también ahí o justo ahí, entonces, en la tristeza. ![]() Árboles trasnochadores![]() Augusto Pérez, personaje de la novela (o nivola) Niebla, de Miguel de Unamuno, contempla los árboles de la plazuela de su barrio. Y piensa:
Augusto proyecta en los árboles sus propias angustias existenciales pero, al mismo tiempo, su pensamiento parece imbuido de una compasión sincera ante los seres vivos que tiene enfrente. Probablemente, el amor y el dolor que ha experimentado le han abierto el corazón, y es capaz de ver la vida ya no sólo en él, sino en los otros; incluso, en este momento, en los árboles. Pobres árboles, «domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva...» Y a uno se le ocurre preguntarse: ¿qué diría ante esto Bárbol, el viejo Fangorn, pastor de árboles en la novela de Tolkien? «Nadie está enteramente de mi lado», dijo. Y esto es tan verdad hoy como en aquel tiempo remoto –atemporal–, si no más. Si ya en aquellas páginas se quejaba de la destrucción de los bosques por la mano del hombre, hoy clamaría al cielo gritando una vez más –y nosotros haríamos bien en acompañarle–: «Muchos de estos árboles eran mis amigos, criaturas que conocía en la nuez o en el grano; muchos tenían voces propias que se han perdido para siempre. Y ahora hay claros de tocones y zarzas donde antes había avenidas pobladas de cantos. He sido perezoso. He descuidado las cosas. ¡Esto tiene que terminar!»** Tomar conciencia real de haber descuidado las cosas sería cobrar conciencia de la responsabilidad cósmica del ser humano, tan inseparable de su libertad como las dos caras de una moneda. La auténtica libertad de la que brota el ser humano –libertad para amar– conlleva cuidar de las cosas que se nos han dado. Sólo desde ahí es posible entender justamente, creo, las palabras del Génesis: «Dijo Dios: "Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento.» (Gn 1, 29). Cuando al ser verdaderamente libre se le da, su reacción no pasa por poseer, dominar, agotar. No desde la libertad, no desde la humanidad. Pero volviendo a la novela de Unamuno y al particular ser y estar de los árboles urbanos, sería bueno quizá mirar la escena desde otra perspectiva, pues no todos los ojos los miran con dolor. «Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. (...) Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recojerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.» Los árboles, con su presencia en la ciudad, nos dan alegría, belleza, vida. Muchas veces, en nuestra vida diaria, nos beneficiamos de su influjo; lo sentimos sobre todo en primavera, cuando el florecer exultante nos invita a sonreír. ¿Damos las gracias por este don? Ahí están ellos, domesticados, trasnochadores, iluminados de noche por nuestra luz artificial. Pero, sí, vigilantes, amorosos, pues no retienen nada de sí mismos. Todo lo dan. Son, en este sentido, ejemplares. Thich Nhat Hanh lo dice de maravilla:
Tal vez sólo desde la paz así entendida sea posible volver a decir a los árboles –por utilizar las palabras de Augusto Pérez–: "tú eres tú"; o simplemente restablecer una relación de respeto con las cosas que están a nuestro cuidado. Quizá también por eso Tolkien dijo de Bárbol que, tras su determinación de asumir su responsabilidad, «Fue a grandes pasos hacia la arcada y se detuvo un tiempo bajo la llovizna del manantial. Luego se rió y se sacudió y unas gotas de agua cayeron al suelo centelleando como chispas rojas y verdes. Volvió, se tendió de nuevo en la cama y guardó silencio.» [*]: Niebla, de Miguel de Unamuno. Cito fragmentos del cap. XIX. ![]() El amor vence a la muerte![]() Un poema de César Vallejo:
Son versos para leer con el corazón. De acuerdo que puede ser lo común en toda poesía, en principio. Pero en éstos hay algo profundo, un movimiento que pretende trascender el pensar corriente. Apela al amor y a la fe. Amor, que comunica a todos los seres entre sí, hace posible un salto de fe, que mueve montañas. La muerte es vencida o trascendida. En la vida y en el arte, esto siempre emociona, porque algo resuena. Es un poema de una fuerza, una belleza muy especial. Despierta poderosos anhelos de fraternidad auténtica. El muerto resucita –aventuro– no por la voluntad de todos, sino por la caridad de todos. Evoca la idea de masa crítica, pero también la de multiplicidad y unidad reconciliadas. Y esperanza en la resurrección. Hay otros versos, del Hombre planetario de Jorge Carrera Andrade, que también expresan la fuerza recreadora del amor en términos de resurrección:
"No creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman", afirmó Macedonio Fernández. Lo dice en verso así (en sus Poemas):
[La imagen es un dibujo de Louis Cattiaux titulado "El salvador. La resurrección". En Física y metafísica de la pintura.] ![]() Anarquista místicoUn fragmento de Niebla, de Miguel de Unamuno:
–Pero don Fermín, lo que usted quiere ser es cristiano. ![]() Sobre la influencia de la música![]()
La música que toca David alivia el sufrimiento de Saúl. Con ella encuentra calma y bienestar. Mitiga la desarmonía que padece en su interior. Este problema, cuyo origen está en el vivir de espaldas a Dios, recibe solución desde la misma instancia misteriosa, pues David ha sido llevado hasta ahí por Yahvé (y aún habrá de jugar, por cierto, más papeles en su gran música). Una nota de la edición que uso dice que la música "se utilizó en toda la antigüedad tanto para excitar el espíritu bueno como para ahuyentar el mal espíritu". La música amansa a las fieras, se dice. Cabría preguntarse si del ejemplo de Saúl y David se puede inferir que ésa es la función primordial de la música: aliviar el alma, ahuyentar el "mal espíritu". Desde luego, aun aceptando en alguna medida esta premisa, ello no debería llevarnos a pensar que la música que cumpla esta condición sea buena y la que no mala. Pero da que pensar. Y quizá la reflexión le lleve a uno a decir, como David más adelante en su peripecia: "No puedo caminar con esto..." (1 S 17, 38-39); y a quitarse de encima lo que molesta para caminar. Pero no estoy seguro de que el camino haya de pasar por ahí en la relación con la música. Tal vez sí, tal vez no. Ese quitarse la armadura de encima es en David un gran paso de fe, y creo que ahí reside lo importante de su gesto. Mi reflexión pretende hacer referencia a lo que atañe a la música como arte que influye en los estados anímicos del ser humano, e incluso de un modo físico y bien patente, como puede deducirse de los descubrimientos de Masaru Emoto en relación con el holismo del agua. Y es que suenan hoy algunas músicas que no sólo no excitan el "espíritu bueno" y no ahuyentan el "mal espíritu", sino que las cosas parecen darse la vuelta en ellas, resultando que se ahuyenta la calma y el bienestar y se excitan las emociones destructivas, la desarmonía, el espanto. Uno no tiene más que comprobar honestamente el efecto que unas y otras músicas provocan en su estado. Esto, y siempre, sin entrar a juzgar en términos de bueno y malo. Parece que la música de cada época revela lo que hay, manifiesta el paisaje general. Y, además, influye, se podría decir que desde la emoción o el estado del que surge. Uno se comunica (en el más amplio sentido del término) con el autor de la obra de arte. Y, en este sentido, no ha de ser lo mismo conectar con lo que hay de creador en Bach que hacerlo con alguien representativo del paisaje general actual, en sus más diversas vertientes musicales y emocionales. Creo que es importante contar con ello, sea cual sea la actitud que cada cual tome ante la cuestión. [Foto (detalle): Woman playing kithara, 1913.] ![]() Literatura, compromiso y evasiónSe habla a veces, con tono más o menos peyorativo, de literatura de evasión, oponiéndola a una literatura al parecer seria, comprometida, en contacto con la realidad. Me pregunto cuánto hay de verdadero y cuánto de ilusorio en esta distinción. ¿Es justo decir que existe una literatura comprometida y otra de evasión? Quizá el problema resida en el significado que se da a tales términos. ¿Compromiso con qué? ¿Con la realidad? Y ¿qué es la realidad? La Odisea es una obra profundamente comprometida con la realidad honda del ser humano. ¿Acaso el hecho de que esté compuesta en clave mítica la convierte en literatura de evasión? Sin ir tan lejos (nadie osaría desmerecer a Homero), El Señor de los Anillos es mirado con desprecio por muchos académicos. ¿En qué se basan para descalificar la novela de Tolkien como literatura de evasión? ¿En la clave mítica en que está escrita? En que su finalidad es entretener, dirá alguno, pero ¿acaso no es ése un rasgo común a toda novela? Si admitimos los conceptos de compromiso y evasión en relación a la literatura, creo que es justo reconocer que no se encuentran tanto en la apariencia externa como en su calidad íntima. Kafka afirma que un libro tiene razón de ser sólo si sirve para romper el mar congelado que llevamos dentro. Es decir, que ha de remover algo en nuestro interior; ha de servir de revulsivo contra esa tendencia a la solidificación que impide al hombre mirar con ojos limpios en su interior y, desde ahí, al mundo. Para que esto sea posible, me parece, es necesario que haya un rayo de luz en la composición de la obra. Inspiración y arte. Calidad íntima, y no tanto pretensión de realidad. Pero, de cualquier modo, podemos dar un paso más y preguntar: ¿dónde las letras impresas se tornan literatura? No en un libro sino en la mente. En última instancia es el lector quien, con su actitud, desde su lectura personal, se evade de la realidad o se compromete con ella. No me parece injusto, pues, concluir que compromiso y evasión se juegan ante todo en un ámbito mental. Es, principalmente, un problema de actitud. [Publicado en el Sitio de Ciencia-Ficción el 18 de febrero de 2007; en la revista La Clamor de Monzón, nº 958, el 23 de febrero de 2007.] ![]() Sobre el "ojo por ojo"La ejecución de un exdirigente político ocurre por lo general desde una pretensión de justicia. Pero siempre deberíamos analizar detenidamente todo deseo de justicia y comprobar si pretende restaurar una situación de armonía que ha sido rota o si, por el contrario, se mueve por la sed de venganza. Y es que vengarse, matar al culpable, no armoniza nada, no arregla nada. No es hacer justicia, ni siquiera cuando el "ajusticiado" es alguien responsable de tanta muerte y dolor como en este caso. La violencia no se arregla con más violencia. Nunca lo ha hecho; la experiencia lo demuestra. La pena de muerte es el intento de legitimación cultural, social, estatal, del deseo de venganza, algo que no produce jamás paz y reconciliación, sino miedo, resentimiento, odio y más violencia. Pero el asesinato de una persona nunca puede ser legítimo, porque se da precisamente desde esas emociones (justificadas o no mediante la razón), que atrapan al individuo o a la institución, lo que deslegitima todo acto que surja desde ahí. En realidad, el ahorcamiento de aquel dictador es otra manifestación de la penosa situación en que se encuentra la humanidad. Es fácil constatar que hay mucho odio, mucho dolor, y con hechos como éste no se hace sino añadir más leña al fuego. La ley del Talión ha de entenderse en el contexto histórico en que surgió. Quizá, en cierto momento de la historia de la humanidad, la legislación del "ojo por ojo, diente por diente" representó un cierto avance respecto a barbaridades aún peores, pero el ser humano ha madurado desde entonces. Sabemos que la única salida, la única forma de encontrar soluciones reales a los conflictos, pasa por el diálogo entre las distintas partes desde el respeto mutuo, considerando al otro como legítimo desde sí. Sin embargo, todavía hoy quedan restos de esa extraña, terrible, ciega lógica que se alimenta del odio y el miedo. Si queremos un mundo donde se pueda vivir en paz y estamos dispuestos a mirar a nuestro alrededor desde la verdadera libertad, haríamos bien en superar esa lógica perversa que tan a menudo en la historia ha sido utilizada por el poder para imponer y dominar. Los sabios, que son los más libres entre los hombres, lo han dicho muy claro: "Ojo por ojo, y el mundo se quedará ciego" (Gandhi). ![]() Sobre el papel de San José en el arte![]() Mencionaba la alusión que se hizo en el concierto navideño de La Orquestina del Fabirol a la imagen medieval de San José, algo diferente a la actual. (Más "lúgubre", dijeron ellos.) Como ilustración, puede leerse a continuación el texto que se declamó: De la obra de Gómez Manrique, La representaçión del nasçimiento de Nuestro Señor*:
Resulta curioso comprobar en el arte medieval disponible en la red que San José, las más de las veces, parece quedar relegado a un rincón, lejos de la virgen y el niño, y casi siempre con aspecto de estar algo ausente, o melancólico, o en cualquier caso no manifiestamente contento: Taddeo Gaddi, Natividad, 1325. ¿Qué se intenta expresar mediante su exclusión? Es posible que aún en el nacimiento tenga San José la actitud que veíamos en el texto teatral. En todo caso, quizá su amargura o su duda o su contrariedad resaltan de alguna manera su saber estar ahí, en su lugar, a pesar de todo. Quien haya visto la reciente película de Catherine Hardwicke habrá notado el énfasis que se pone en el sacrificio personal de José, que poco a poco y no sin esfuerzo renuncia por amor al honor, es decir, a lo que la sociedad espera de él. Éste es, por cierto, un punto de la película que me llamó especialmente la atención. Hoy es ardua la tarea de sustraerse a la influencia del medio, pero resulta difícil imaginar la dificultad que acaso tendría en aquel tiempo y aquel lugar (en que tanto pesaba la ley y lo comunitario) dar un paso tan arriesgado, tan de fe. Desde una óptica actual, la película parece incidir en ese punto ante todo en pro de los valores familiares que se pueden inferir de la imagen de la Sagrada Familia. En este sentido, a alguien que contemple la escena en el arte medieval podría parecerle fuera de lugar el papel asignado a San José, diríase marginal. Pero quizá una función de este rol sea destacar la naturaleza divina del Niño. Probablemente significa mucho más, y acaso haya ahí también un sentido simbólico que haga referencia a algo en nosotros y no tanto al aspecto histórico. Uno se pierde en las profundidades del arte tradicional y no digamos en la teología. Pero es posible que el José de los belenes de hoy, cercano, contento y presente, baste y aun sea en algún sentido perfectamente adecuado. En todo caso, adecuado a lo que se pretende expresar. Y eso nos lleva de nuevo a preguntarnos lo que los hombres medievales querían expresar. No es una cuestión que se pueda resolver con una respuesta sencilla, me parece. O sí, no lo sé. De todas formas, la reprimenda del ángel a José que leemos en el texto dramático de arriba, me resuena, como si se expresara mediante aquellos versos una suerte de batalla interior atemporal presente en cada persona, de ayer y, cómo no, de hoy. ![]() Razón y corazón en Álvarez de CienfuegosLeo un poema de Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764-1809), Mi paseo solitario de primavera*. De una sensibilidad exquisita, habla del amor. Como casi siempre ocurre en la poesía. Y como en los buenos poemas, no se queda en la superficie y expresa una intuición profunda. A veces es difícil distinguir si los versos hablan desde el corazón o sólo desde la convención. Supongo que ese discernimiento se agudiza con sensibilidad y práctica. En cualquier caso, los versos centrales del poema se me antojan de ésos certeros como flechas. Vuelves una y otra vez sobre ellos y su brillo parece crecer. Tras caer en la cuenta de la "ilusión" que supone al fin el amor pasional y sentimental, dice así el poeta:
Me recuerda a aquella hermosa cita de Juan XXIII: "Dios ha imprimido en el corazón humano una ley que nuestra conciencia nos exige obedecer". El amor es la ley vivificante, que no encadena sino libera. El hombre sin salud (salus, salvación) está solo, perdido en su razón. Infeliz. ¿Cuál es la causa de la falta de salud, de la infelicidad humana?
Luego la causa fue el querer controlarlo todo desde la mente. Aparece la idea de un ego que esclaviza la realidad a su acomodo. Al parecer, ésta es una conducta artificial, pues lo natural, el "general impulso", es la "vivificante ley", amor, que opera "en silencio humilde".
Esta falta de salud es una ceguera (una manera engañosa de pensar, dijo el Buda, el que ha abierto los ojos). Nubla la razón y muere el corazón. Así, sólo escuchando en silencio se puede oír la misteriosa y "penetrante voz" que llama y atrae. Y donde no suele haber silencio es precisamente en la cabeza. La razón se aparta del corazón, como en la Parábola VII de Antonio Machado: "Dice la razón: Busquemos / la verdad. / Y el corazón: Vanidad. / La verdad ya la tenemos. [...]"
Resuenan estos versos con otros de origen budista: "Los seres son innumerables. / Es mi deseo salvarlos a todos. [...]", del voto del Bodisatva. Y la dominación que rompe la "trabazón del universo entero": clave fundamental, a mi ver. Frente al natural amar, el dominar, que trunca la armonía y genera sufrimiento.
"El sueño de la razón produce monstruos", dice el capricho nº 43 de Goya. Los monstruos son el honor, el dinero, la ambición, el placer, la fama. En definitiva: el poder. Poder que hace temblar (con homéricos ecos) la "anchurosa tierra". La ilusión suele acabar en la tumba. Pero, más adelante, Cienfuegos apela al desengaño, concepto fundamental ya en el Barroco. Nos dice el Desengaño: "... Ciegos humanos, / sed felices, amad". Y el sujeto poético se pone estupendo (como diría un profesor) y clama, con una sensibilidad casi romántica, que "el vivir será amar", y "el universo reirá en el gozo / de nuestra unión". Y cuando se le pasa el entusiasmo y vuelve "a esta tierra / de soledad, de desamor y llanto", no por ello desespera. ¿Dónde pone la esperanza? En la amistad, "imagen santa / de este mundo ideal de la inocencia". Al parecer, en la Ilustración no siempre gobernó la diosa Razón con mano férrea, como se ve. Aquí, la amistad ilustrada expresa a su modo una profunda intuición de amor. O eso me parece. En otros poemas, también interesantes, sí se hace notar más la influencia del racionalismo en las alturas poéticas del amor y lo humano. Pienso en Jovellanos. Quizá en otro post... Respecto a la cita que encabeza el poema (de origen desconocido para el comentarista de la edición que uso): me parece que en sus seis palabras latinas respira una verdad más profundamente que en los 146 versos endecasílabos de Cienfuegos. Y no estoy seguro del porqué. Dice: Mihi natura aliquid semper amare dedit. "La naturaleza me ha concedido siempre amar algo". Quizá no sean tanto palabras para la razón, como para el corazón. [*]: John H. R. Polt (ed.), Poesía del siglo XVIII, Castalia, Madrid, 1994, pp. 323-326. Comento aquí los versos 46 a 88. ![]() Santa Cecilia![]()
Ando últimamente enamorado del órgano de Bach, entre otros redescubrimientos musicales. Muy oportunamente, hoy alguien ha entonado unas palabras cuyo eco aún baila en mis oídos: "La música es un arte completamente espiritual". Uno podría pensar que se trata de una frase sentenciosa, simplista, algo dicha a la ligera quizás. No lo sé. Pero algo o mucho de razón tiene, creo. Incluso con el "completamente", y no sé exactamente por qué, pero me parece que algo intuyo al dejarme llevar por los caminos que dibuja Bach en sus obras. Algo me dice que la inclusión de la palabra arte y la palabra espiritual en la misma frase es de lo más natural, al menos si hablamos de alguien como Bach. Dado que la relación entre Santa Cecilia y la música es fruto de una reinterpretación (¿podría decirse aquí reanálisis...?) medieval, se me ha ocurrido buscar una representación pictórica diferente a lo habitual y que me dijera algo especial. La tradición dice que, antes de sufrir el martirio, convirtió a su esposo Valeriano a la cristiandad y "entonces se apareció un ángel a los dos y los coronó con rosas y azucenas". (La historia completa se puede leer aquí.) Me ha parecido una imagen muy hermosa y entonces he caído en la cuenta del detalle de la versión de Waterhouse [arriba]: además de ser una recreación atípica de Cecilia y muy propia de la estética prerrafaelita del autor, parece que el verdadero protagonista, más que la asociación con la música, es el color. Esos contrastes casi gongorinos entre el rojo y el blanco... O garcilasianos: En tanto que de rosa y azucena... La Cecilia de Waterhouse es como suelen ser sus damas: lánguida y fresca como una brisa sutil. Me pregunto con qué sueña. Es curioso que no tenga a mano ningún instrumento. Son los ángeles quienes tocan, arrodillados ante ella, mientras la muchacha duerme con un libro en el regazo. ¿Sueña la música de las esferas? Se parece a una flor. Ella misma es una azucena que sueña sobre un lecho de rosas. Tras ella mana una fuente; al fondo, la nave espera; como el órgano, cuyo teclado parece dispuesto a recibir en cualquier momento las manos de la santa, si despertara. A ambos lados, un ángel toca el violín y otro el laúd. Así que están presentes los tres objetos que tradicionalmente se le asocian: órgano, laúd y rosas. ¿Y el mar? Cuando la pintura fue exhibida en la Royal Academy, en 1895, le acompañaba una cita de Lord Tennyson:
Quizá el primer verso explique la presencia del mar y del barco, aunque me da la impresión de que esa presencia tiene algo de recurrente en la obra del pintor. He encontrado otras recreaciones pictóricas de Santa Cecilia. Me gusta la visión de Carlo Saraceni, con ese ángel tan barroco, y el rostro luminoso de Cecilia en la versión de Nicolas Poussin. La de Guido Reni me parece encantadora; la de Sir Joshua Reynolds, extraña. También está la visión de Raphael, hierática, y la de Rubens, en su línea. Curiosa la versión de Lelio Orsi, que nos muestra una visión peculiar de la coronación de la leyenda. ![]() Publicidad sin respeto![]() Otro texto de Escandell Vidal:
Este tipo de publicidad, que es consecuente con los valores que sustentan al sistema y que el sistema promueve para su sustento, explota las estrategias de persuasión emocional para provocar la identificación psicológica del potencial consumidor. "Necesitas esto, qué sería tu vida sin aquello". Si se observan algunos anuncios con especial atención y sentido crítico, se hace difícil contener la repugnancia, pues llegan a pervertir hasta las más altas de las aspiraciones o ideas del ser humano, reorientándolas hacia el puro consumismo sin piedad. No hay decoro. Continúa la autora apuntando que no siempre fue así:
Una publicidad como aquella sin duda trataría a las personas con cierto respeto; tendría en cuenta la libertad (al menos teórica) del individuo y su (supuesta) madurez para decidir en función de sus necesidades. Pero en las condiciones actuales, ¿dónde está el respeto en esa relación? Si constantemente se promueve la identificación inconsciente del individuo con estereotipos y la adquisición de necesidades ficticias que multiplican la insatisfacción y estrechan el campo de visión, ¿dónde está la libertad? ![]() Reanálisis en la lengua y en la concienciaEn biología se habla de mutación como uno de los tres factores fundamentales de la evolución (los otros dos serían herencia y aislamiento). Trasladado al ámbito lingüístico, este concepto equivaldría al reanálisis. Se entiende por reanálisis el proceso en el que se confiere a un morfema, palabra o fonema una organización, estatus o naturaleza distinta a la originaria. Un ejemplo: Cuando decimos una radio, estamos pronunciando la secuencia fónica unarradio. Como la norma general en español dice que la vocal o en posición final de palabra indica género masculino, algunos hablantes reanalizan mentalmente la forma como un arradio. Esto es una mutación. ¿A dónde quiero llegar? Si se produce un proceso al cabo del cual todos los hablantes optan por una variante nueva, estaríamos ante un cambio evolutivo. Esta variación no es intencional y su origen es social; surge de las mentes de los individuos (el ámbito de la comunicación), y no de una intervención artificial. Pero, si triunfa, transforma el hablar de todos los hablantes y pasa a ser normal. Se produce una transformación de la lengua, una evolución por mutación. Este asunto me ha traído a la memoria la aplicación del concepto masa crítica al ámbito de la conciencia y las relaciones humanas. ¿Qué pasa si trasladamos la explicación anterior a este otro campo, digamos más ético? Suponiendo que las imposiciones (por muy bienintencionadas que sean) y los intentos a gran escala de influir en la manera humana de comportarse en el mundo (para mejorar la convivencia, se entiende) tienen resultados muy cuestionables e ineficientes... Si una variación en la forma de percibir el mundo y de comportarse en lo relacional de manera consecuente (un reanálisis más objetivo y por tanto beneficioso de la realidad humana o cotidiana) surgiera por el contrario de manera natural (no intencional) entre las personas desde su hacer diario, generándose al cabo la suficiente masa crítica, ¿es de suponer que estaríamos ante la posibilidad de un cambio evolutivo en la especie? No sé en qué medida es adecuada mi argumentación anterior. Tampoco sé si lo es relacionarla con el texto siguiente; es una relación que me ha venido a la mente y quizá (sólo quizá) pueda arrojar alguna luz sobre el asunto. En un debate en el que participaba el Dalai Lama, un contertulio le planteó su opinión de que, si las emociones (todas las emociones, incluidas las que provocan el sufrimiento humano) no fueran útiles desde una perspectiva evolutiva, no existirían. A lo que el Dalai Lama respondió así:
La última frase en negrita me hace pensar que quizá, en cierto sentido, sea inevitable una cierta intencionalidad previa al proceso de reanálisis en el campo de la conciencia humana, sin que ello se contradiga con la esencia de la mutación, ya que ésta se daría en condiciones de naturalidad. Y esa intencionalidad, en cierto sentido, no es más que la adaptación lógica de un ser humano a la circunstancia en que le pone el medio. Bien, todo esto no es más que una reflexión personal. De todas formas, creo que la afirmación del Dalai Lama interpela de manera sencilla pero contundente a las personas que forman la sociedad actual. ¿Queremos una sociedad más feliz? ![]() Comunicación y percepción de la realidadLa aportación de la Pragmática al estudio del lenguaje, la lengua y la comunicación me parece muy sugerente. Es un punto de vista novedoso porque ahonda en la realidad de los procesos comunicativos, abandonando la visión abstracta establecida para plantear las cosas de una forma mucho más realista. Creo que es un proceso lógico que va parejo al de otras ciencias relacionadas con los procesos mentales, como la psicología cognitiva o la neurociencia. Tengo la impresión de que en muchas ramas del saber científico moderno, o mejor en sus vanguardias, se están abandonando las abstracciones y la dependencia de las teorías, en una visión más libre de los prejuicios heredados, para profundizar en la realidad del ser humano como ser en relación consigo mismo, con el medio y con otros miembros de la especie. Al caer los conceptos, emergen realidades y preguntas que arrojan una nueva luz sobre la naturaleza humana, porque no surgen de ideas derivadas de esquemas de pensamiento, sino de la constatación de los hechos. Una luz no tan nueva, por otra parte, ya que los descubrimientos de dichas vanguardias científicas comienzan a coincidir con los saberes experienciales de las tradiciones milenarias de sabiduría. La comunicación, de M.ª Victoria Escandell Vidal, es un libro corto y accesible que sirve muy bien para trabar un primer contacto con la profundización que hace la Pragmática sobre los estudios del proceso comunicativo. Hay un párrafo que me ha llamado especialmente la atención:
Y me ha llamado la atención por lo que supone el texto que marco en negrita. Es una constatación que trasciende el marco específico de la Lingüística, al menos tal como era entendida y abordada hasta ahora. Apunta a la naturaleza humana al reconocer, quizá sin pretenderlo, que una comprensión nítida de la comunicación y el lenguaje es esencial para comprender al ser humano en sus contradicciones. Si reflexionamos sobre las implicaciones, se plantea una cuestión que es fundamental en el budismo pero que también se encuentra en el origen de todas las tradiciones, religiosas o no, y que ahora hace suya la ciencia desde una perspectiva cada vez más interdisciplinar, como no podía ser de otro modo: si aceptamos que nuestra interpretación del mundo es errónea debido a nuestras "representaciones internas", y que esa conceptualización equivocada es la causa de la desarmonía con nosotros, con los otros y con el medio, las preguntas surgen por sí solas: ¿cuántos problemas del mundo actual –y sobre todo de nuestra vida diaria– se deben a esa percepción o representación errónea en el diálogo que establecemos con el otro o lo otro? ¿Cómo ser verdaderamente libres, cómo despertar de ese espejismo, cómo curar ese desarreglo? ¿No es ésta una cuestión fundamental? ![]() ¿Por qué escribir?![]() ¿Por qué escribir? Si me hago esa pregunta, tengo la sensación de que lo tengo aún menos claro que Paul Auster en su muy recomendable reciente discurso. No estoy seguro de compartir su declaración de la inutilidad del arte, pero creo que su intuición es un acierto en cuanto al proceso de creación. "Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo", dice. Creo que el arte, como la vida, sólo marcha realmente bien cuando se acomete como juego, sin motivaciones, sin expectativas. En consecuencia, de nada sirve conceptualizar, buscar fines. O escribo, o no escribo. En el discurso, atribuye el escritor un valor especial en su actividad a la "necesidad" de crear. Tampoco estoy seguro de poder decir lo mismo, pero sí siento un impulso de expresar. Voy a intentar seguir escribiendo en este blog desde la actitud siguiente: para nada y para nadie, sin dirección predeterminada. Los contenidos serán más variados, con mayor presencia de la reflexión; las formas, menos restrictivas. Me alegraría que surgiera conversación en los comentarios, por lo que renuevo la invitación a participar a todo aquel que lo desee. Ah, hoy es la fiesta de Todos los Santos. Enciendo una candela. ![]() Los tres entierros de Melquiades Estrada![]() Los tres entierros de Melquiades Estrada (2005), el debut tras las cámaras de Tommy Lee Jones, es una buena historia cuyo tema central, como el de muchas buenas historias, es la epopeya del ser humano embarcado en un viaje vital hacia la comprensión de sí mismo en compañía de sus luces y sus sombras. En esta ocasión, el viaje toma forma de road-movie con disfraz de western fronterizo, donde el simbólico desierto regresa como tantas veces a lo largo de los siglos para ejercer de marco de fondo en este relato de peregrinación y penitencia, incluyendo eremitas, serpientes y demás encuentros con sabor mágico. La alegoría y la fábula moral están servidas con exquisito gusto por intermedio de la pluma del guionista Guillermo Arriaga y un Lee Jones muy prometedor como director que además borda su papel en el escenario. Como en un puzzle, el suceso de la muerte del trabajador inmigrante mexicano Melquiades Estrada (Julio César Cedillo) se reconstruye progresivamente a la par que se nos muestran los antecedentes y las consecuencias en un pueblo perdido en el desierto de Texas. Los dos personajes directamente afectados son Pete Perkins (Tommy Lee Jones), capataz que dio trabajo a Melquiades y se hizo su mejor amigo, y Mike Norton (Barry Pepper), el guardia fronterizo que lo mató por error. Ambos compartirán el protagonismo durante el viaje, uno como secuestrador y guía, el otro como prisionero e involuntario penitente. En la primera parte hay un juego constante que nos niega acomodarnos en el reconocimiento de uno u otro personaje como protagonista del film. Si Lou Ann Norton, esposa del guardia fronterizo, ofrece la visión de una mujer oprimida en una relación de autoridad de previsible futuro trágico, no es respecto a la historia principal sino víctima de la suerte de su marido. Sin embargo, a diferencia de Rachel, la camarera –que optó por una vida fragmentada en afectos vividos a medias como vía de escape de su infelicidad en el matrimonio–, Lou Ann sabrá prever lo que le espera (no sólo a través de la resignada Rachel, sino también en la figura de su anónima vecina, desasosegante reflejo de un futuro posible de soledad y hastío) y decidirá en consecuencia, marchándose para rehacer su vida por su cuenta. Desaparece de la historia, como también lo hace el sheriff y, más adelante, una Rachel que no se atreve a tomar un papel activo a estas alturas de su vida gris y ajada. El protagonismo recae por fin en el que inicialmente es el personaje más vacío, frío y lejano de todo el elenco: Mike Norton. Totalmente dominado por sus instintos animales, se verá obligado a recorrer un camino de sufrimientos que le confrontará con las víctimas de su brutalidad y ante todo con su propia naturaleza. Aunque está claro que se trata de un caso extremo, simboliza al hombre, a todos los seres humanos cuya vida se desarrolla en ese nivel superficial donde son arrastrados por los vientos de sus pasiones y a la postre devorados por la cadena de acciones y reacciones de la que son esclavos. Al principio, Norton es incapaz de sentir empatía o compasión; su sensibilidad está embotada. Se comporta de forma totalmente egoísta e irresponsable, y como tal ser insensible es tratado por su guía-secuestrador, que le obliga a desenterrar a Melquiades, a llevar sus ropas (despojándose de su uniforme y con él de su anterior condición) y a seguirle en un viaje surrealista hacia el idílico pueblo de origen del mexicano. Si en un principio resultaba imposible que el espectador se identificara con Norton, en esta historia se produce el milagro: no sólo va a ir humanizándose paulatinamente, sino que al final asistiremos a su redención, coincidiendo su regeneración definitiva con el despertar de nuestra compasión. Su transformación resulta creíble –y por tanto capaz de conmovernos– gracias, fundamentalmente, a varios encuentros que van rompiendo la dura concha con que Mike Norton ha recubierto su alma: el viejo ciego que, cual eremita del desierto, comparte con los viajeros lo poco que tiene; la mujer anteriormente golpeada por el guardia fronterizo que ahora le cura de su picadura de víbora; los vaqueros que comparten con ellos su comida y bebida con la espontaneidad de las personas de corazón sencillo. Particularmente significativo me pareció el momento en que Norton, tras ser curado por la mexicana, se sienta a pelar mazorcas de maíz junto a ella y otras mujeres; es en ese punto cuando el orgullo cede ante la humildad y el trabajo con las manos le devuelve el contacto con la realidad concreta de la vida y con su propia naturaleza humana. A partir de entonces, Mike Norton vuelve a ser una persona capaz de conmoverse, arrepentirse, llorar, y por tanto perdonarse y vivir. Hasta entonces no era más que un muerto llevando a otro muerto arrastras; una vez enterrado Melquiades y llorado su cadáver, Norton se ha convertido en un hombre nuevo. Aunque he dejado fuera de este análisis al personaje interpretado por Tommy Lee Jones, hay que señalar que no sólo ejerce de secuestrador y al mismo tiempo –obviamente sin saberlo– de guía espiritual, sino que también él evoluciona en contacto con su rehén. De hecho, poco a poco se produce un acercamiento entre ambos que culminará con una especie de amistad o, al menos, un reconocimiento mutuo que salda todas las deudas. Como dato curioso, Pete Perkins y Mike Norton llegan a aparecer como la pareja literaria por excelencia: don Quijote y Sancho Panza, el uno queriendo ver en su locura pueblos donde no los hay, el otro contestando con el sentido común. Los tres entierros de Melquiades Estrada es una obra rica en niveles de lectura y compleja sin llegar a requerir un esfuerzo intelectual por parte del espectador. Es alegoría de la renovación del ser humano, bello canto a la amistad y alegato en favor de los inmigrantes, sujetos a penurias y maltratos para ganarse el pan. Es también el prometedor debut de un Tommy Lee Jones rebosante de talento en su nueva faceta como director. Por todo ello, se trata de una opción más que acertada para pasar un buen rato ante la pantalla. ![]() Obaba![]() Era la primera vez que visitaba el cineclub Cerbuna. Las situaciones nuevas, al romper la rutina a la que nuestra perezosa mente se acostumbra, estimulan la atención. Quizá por eso, cuando se apagaron las luces y comenzó la película, mis sentidos estaban más abiertos de lo habitual. El arte siempre se disfruta mejor –se saborea mejor– en estas circunstancias. Obaba (Montxo Armendáriz, 2005), en cualquier caso, lo merecía. El planteamiento de la historia, de entrada, parece sencillo: Lourdes (una sugerente Bárbara Lennie que aporta frescura a todas sus acciones), estudiante de Audiovisuales, viaja a un pueblo vasco para filmar retazos de la realidad de sus gentes. Pero desde el abismo de los recuerdos y los miedos encarnados en la figura simbólica del lagarto, un misterio proyecta su sombra entre los habitantes de Obaba. Al no haber leído Obabakoak, el libro de Bernardo Atxaga, cuento con la ventaja de abordar la película sin prejuicios, pero también con el inconveniente de no conocer la sustancia con la que Armendáriz ha dado forma a su versión. En tal estado de cosas me dispongo a desarrollar mi interpretación, basándome en mis impresiones y asumiendo que el hilo conductor de la película –la intervención de Lourdes en el espacio de Obaba– cobra una importancia capital que vertebra el conjunto de las historias entrelazadas en torno a un tema central: la evolución del personaje principal, provocada por su interacción con el entorno y reflejada en las vidas particulares que forman el entramado humano del pueblo, que a la postre se convierte en personaje total. (Desvelo algunos detalles de la trama.) Empecemos con el entorno. Obaba es un lugar misterioso, situado fuera del espacio habitual. Se intuye nada más empezar la película, cuando Lourdes nos pone sobre aviso de que algo extraño ha ocurrido en su vida a raíz de su visita al pueblo. El viaje, como antiquísimo recurso literario para expresar el crecimiento vital del ser humano, introduce a la joven en el terreno de lo desconocido. Como ocurriera a Ulises en los mares ignotos o a Dante en la selva oscura, Lourdes se va a ver obligada, sin saberlo, a buscar un camino de retorno, una salida, «un sentido» (que se convertirá en objeto de su obsesión) al acertijo que las imágenes inconexas de su cámara le van a plantear. Como en todo viaje iniciático, el héroe ha de pasar por pruebas que le permitirán, de ser resueltas, acceder a una realidad más plena, que se refleja básicamente en su relación con el medio y consigo mismo. No faltan las señales que nos anuncian la entrada en el territorio de lo fantástico, donde la frontera entre la realidad y la fábula se difumina: Ismael recogiendo un lagarto en plena noche y en medio de la carretera, iniciando a Lourdes en la costumbre de contar –en este caso las curvas–, es la primera. El lagarto, envuelto en una siniestra leyenda que sirve de coartada para longevos rencores y ataduras con que la tierra amordaza la libertad de los personajes, simboliza además el miedo en su desnudez primigenia como espejo de todos los temores del ser humano. Lourdes, que es curiosa por naturaleza, se va a ver arrastrada por las circunstancias hasta la caseta de los lagartos. Allí se enfrenta a sus miedos, sola consigo misma, y se ve expuesta a esa tiniebla inquietante relacionada con la tierra. Emerge al mundo transformada, pues a partir de entonces no descansará tranquila hasta desentrañar el sentido que ha de dar cohesión a las turbias historias de los habitantes de Obaba. Más tarde, descubrirá que algo físico le ha ocurrido en el proceso, algo tangible que se manifiesta en su pérdida del oído izquierdo. Poco importa, a efectos narrativos, si el lagarto penetró en su cabeza o no. En este punto, el director juega hábilmente con el carácter fantástico del entorno, prolijo en tinieblas que nos niegan una conclusión unívoca basada en criterios racionales. En Obaba anida la irracionalidad, lo más profundo de los sentimientos, y lo importante es que Lourdes, quiera o no, se ha adentrado en esa realidad que una vez hollada no deja escapatoria. Así como Odín sacrificó su ojo a cambio de la sabiduría, Lourdes habrá de aceptar su sordera como pago por su paso por el terreno mítico de Obaba. «Contar las cosas entretiene y mantiene la cabeza despejada». Es una tradición que comenzó la maestra (admirablemente interpretada por Pilar López de Ayala) y que transmitió a los niños del pueblo. Este juego ejerce de contrapeso a la presencia de lo oscuro, lo irracional, que acecha en las sombras de cada vida. El ritmo consciente que los personajes imprimen a su actividad funciona como la recitación mecánica de un rosario o un mantra: tranquiliza la mente y ayuda a centrarse, a dejar pasar la tormenta y no perder el contacto con la cordura cuando peligra en un medio hostil. De entre las tres historias elegidas por Armendáriz para su adaptación (la de la maestra, la del alemán y la del loco), ésta es la que brilla con más fuerza en mi memoria. Ahogada por una realidad opresiva de la que no puede escapar, se refugia en su costumbre de contar las cosas para seguir adelante y pasar por su infierno particular sin caer en las trampas que acechan en su camino. Así, evita los deseosos brazos del rudo joven tatuado y finalmente obtiene el premio del amor correspondido, aunque no bien visto, del jovencísimo aunque honesto y sencillo Manuel. Volviendo a Lourdes, su propio purgatorio pasa por su interacción con los personajes de un drama que empezó años atrás: si Miguel (un Juan Diego Botto correcto en las escasas posibilidades que le permite su papel), el hijo de la maestra, es su vínculo con el aspecto más benévolo del entramado, el alemán representa lo enigmático y la integración de lo ajeno en una armonía de claroscuros, mientras que Lucas (Eduard Fernández, cuya maestría tuvimos el placer de disfrutar en su reciente interpretación de Hamlet en los teatros) sugiere el fracaso, la tragedia, la locura. Como si se tratara de un koan, Lourdes le da vueltas al acertijo de Obaba sin encontrar ninguna respuesta satisfactoria por medio de su pensamiento discursivo, racional. ¿Cuál es el sentido que da cohesión a las historias que componen el tejido humano del pueblo a lo largo de los años? Amor, rencillas, redención, locura, paz, venganza… ¿Cuál es el sentido de los sinsentidos de la vida humana? Lourdes sólo hallará descanso cuando vuelva a Obaba y acepte sus limitaciones: su incapacidad para comprender y su sordera. A partir de entonces, se dedica a grabar escenas inconexas de la vida del pueblo. Vida que continúa en los niños y que se perpetúa en el amor sencillo, sin prejuicios ni metas antepuestas que abraza junto a Miguel, un personaje intencionadamente simple que no busca nada fuera de lo que le ofrece su espacio y su tiempo presente; es un símbolo de la felicidad lograda tras el viaje alegórico de Lourdes, pero también la segunda persona de una historia de amor que inicia su andadura con humildad y sin sobresaltos, manteniéndose en un discreto segundo plano, desde la llegada de la chica al pueblo. El círculo se cierra con Lourdes y Miguel recorriendo en moto la carretera. La voz de ella grita un número cuando giran una curva ante nosotros, los espectadores: sigue contando los pasos del camino que es la vida, pero ya sin preocuparse en un sinvivir en el nivel de la cabeza. ¿Ha resuelto el koan? Lo cierto es que ya no busca el sentido, sino que simplemente vive y siente. Si la tierra y sus lagartos han absorbido finalmente a la joven o si su influencia ha contribuido a su liberación es un dilema que queda sin cerrar ante la libertad crítica o la sensibilidad personal del espectador. En mi opinión, el balance es positivo para Lourdes y podemos suponer que al aceptarse a sí misma y la situación en la que vive, ha accedido a una comprensión del enigma no tanto discriminatoria y cerebral como global y vivencial. Aunque es posible que la trama pudiera haber sido llevada de una manera más efectiva, no por ello deja de brillar un rico tapiz lírico hábilmente tejido bajo las capas de oscuridad de la inquietante Obaba. El misterio y la poesía del entorno vivo creado por Atxaga nos atrapan sutilmente desde el principio, como en un sueño fantástico pero pleno de reflejos armónicos y correspondencias que articulan una historia de orígenes fragmentarios pero de acabado redondo por obra de la sabia estructura central que introduce Armendáriz. Al final, el director echa mano de la ambigüedad a que se presta la naturaleza fabulosa de Obaba y sus sucesos, jugando con la duda del espectador ante el enigma del lagarto. ¿Qué pasó realmente en la caseta aquella noche? Esa inquietud, presente hasta los créditos en el corazón del espectador y en el tono irreal de los últimos suspiros de la película, sugiere una verdad encubierta: inseparable de la feliz simplicidad que Lourdes ha encontrado, pervive la oscuridad, acechando como los seres que reptan por la tierra. Su triunfo –y por extensión el del director– es haberla aceptado como constituyente indisoluble del conjunto. ![]() |
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